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On the road

Postcards from India (extracto)

Postcards from India (extracto)



13 de noviembre de 2007

Nos levantamos temprano en la habitación enmoquetada y sucia de nuestro hotel de las afueras de Jaipur. La calle es como un inmenso desguaze de autocares, el pequeño Tata de Shaid, que éste limpia con cuidado cada mañana, es como un coche de juguete en medio de aquel descampado lleno de autocares desvencijados. Partimos hacia el este, 300 km que hacemos en 5 horas que se hacen pesadas. La carretera está todo el rato repleta de vehículos, animales y personas. Cruzamos los típicos pueblos cuya gente parece estar en su totalidad también en la calle. Dejamos atrás Rajastán y entramos en el estado de Uttar Pradesh. Cerca de las dos de la tarde entramos por fin en la populosa Agra. Agra es una ciudad industrial donde viven un millón y medio de personas, fundada por los mogoles en el s. XVI. Situada en la llanura del Ganges, en la orilla occidental del rio Yamuna. Hoy en día, la ciudad parece sucia, contaminada, repleta de riscksaws y cicloriscksaws, de mendigos y de vendedores de recuerdos y baratijas.
Paramos a comer en un restaurante de ambiente familiar, oscuro, decadente. Luego Shaid me deja en una oficina de cambio, cambio en rupias 100 euros y me cobran el interés más alto de toda la India. Leo en la guía que en Agra esto es normal. Después el Tata nos deja a la entrada de un gran parque repleto de gente, quedamos con Shaid a las 8 en el mismo lugar. El parque que conduce al Taj Mahal esta lleno de mendigos, turistas, vendedores de souvenirs. Compramos la entrada (750 rupias para los extranjeros!!) y nos ponemos en las enormes colas que conducen al detector de metales que franquea la entrada. Hay una cola para mujeres y otra para hombres. No se por qué la de las mujeres no avanza. O tienen más ropa y cuesta registrarlas o todas tienen pinta de sospechosas o a la que hace los registros le gusta mucho su trabajo, no sé. Al final logramos cruzar la puerta de arenisca roja con inscripciones del Corán y vemos recortada, imponente, perfilada contra el cielo azul, la impresionante mole de marmol blanco del Taj Mahal. El Taj Mahal es el monumento más conocido de la India, por él desfilan al cabo del año millones de personas de todo el mundo. Fué construido en 1653 por el emperador mogol Sha Yahan, que hizo venir a veinte mil trabajadores de toda Asia Central para construir un mausoleo en honor de su segunda esposa, fallecida durante el parto del decimocuarto hijo. Mucha gente te pregunta si vas a ir al Taj Mahal cuando les informas de tus intenciones de viajar a la India. Quizás por eso, por el turismo, por las contradicciones de tales monumentos, quisimos dejar de lado su visita, olvidarnos de que existía. Pero somos débiles y la presión pudo con nosotros.
El Taj Mahal está construido en marmol blanco translúcido, con tallas en forma de flores y miles de incrustaciones de piedras preciosas. Su visión es de una simetría alucinante. Ni siquiera con prejuicios se puede dejar de admirar el monumento. Paseamos por el jardín, entramos en el edificio, vemos como el Taj Mahal cambia de color a medida que avanza la tarde. He de reconocerlo, es espectacular. A pesar de todo no podemos captar del todo la magia del entorno, miles de turistas indios han tomado el mausoleo al asalto. A veces no se puede caminar entre el gentío. Como en otros lugares, sobretodo en Jaipur (es curioso, pero esto pasa más en sitios masificados de turistas), nos hacen posar una y otra vez al lado de familias de indios sonrientes, los niños nos persiguen para hacernos fotos, las parejas posan alternativamente, abrazándonos como si fuéramos amigos íntimos. Nos miran con esa curiosidad desprejuiciada con que miran los indios, que parecen niños viendo alguna cosa por primera vez. Vale si, soy blanco, un puto blanco, dejad ya de mirarme!!!. Nos divierte mucho esta actitud que tienen y jugamos a hacernos los famosos.
Salimos del Taj Mahal cerca ya de las 8, cruzamos el parque y, a la entrada, encontramos a Shaid. Montamos en el coche y partimos en busca de un hotel. La luz del atardecer es mortecina, hay una niebla imprecisa de contaminación y nubes bajas, de humo. El olor de un vertedero ardiendo me llena la nariz y luego ya no puedo desprenderme de él.
El Hotel Surya está situado en una calle polvorienta, repleta de mosquitos. En la recepción pasamos 5 m sin entender muy bien si nos quedamos o nos vamos. Al final está completo, por un momento tenemos la esperanza de que el cambio será para mejor. Pero no. La habitación del tenebroso Hotel Swaagat es pequeña, el mobiliario es decrépito, las ventanas están rotas y está llena de mosquitos. Nos sentamos en la cama, encima de una colcha roída. Nos miramos, después de las dos noches de Jaipur necesitábamos algo mejor. Un lagarto grande y verde se cuela por un agujero y nos mira divertido desde el techo. A pesar de que el lagarto nos ayudaría en nuestra descarnada lucha contra los mosquitos tengo que echarlo a zapatillazos. Al rato vuelve Shaid, que ha ido a cumplir un encargo que le habíamos hecho. Nos trae una prueba y dos bolsitas selladas de color blanco con el anagrama de los sijs. Lo probamos. Es el mejor que hemos fumado hasta ahora. Le decimos a Shaid que nos lleve al Dasaprakash a cenar. El restaurante está situado en la primera planta de un edificio moderno, es sencillo, acogedor, limpio, los camareros son amables. La clientela es mayoritariamente india, gente bien vestida y discreta. Me como un Thali típico del sur de la India y de postre un helado de vainilla. El camarero me explica el orden correcto en que se come el thali. Todo es perfecto aunque no se puede fumar. Volvemos al hotel, Shaid se ha quedado durmiendo dentro del coche, no ha querido acompañarnos en la cena. Menos mal que tenemos dos bolsitas llenas del charás de los sijs para olvidar nuestra decrépita habitación y calmar los ánimos de cara a mañana, temprano partimos en tren rumbo a Jhansi para seguir en autocar hacia nuestro próximo destino: Khajuraho.

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